jueves, 21 de mayo de 2020

La Puerta del Ángel

Sería hacia el año 1972. Algunos sábados por la mañana acompañaba a mi padre a Barcelona, a no sé qué recados. Cogíamos el tren de cercanías. Lo que hoy se conoce como R1; aquellos trenes verdes, de incesante traqueteo y golpeteo contra unas vías de traviesas de madera, con olor a brea y unas imprescindibles juntas de dilatación (porque si no, con la dilatación, las vías se tocarían entre sí y se saldrían de sitio). El inconfundible olor del cenicero repleto de colillas, los asientos de skay verde o granate y el implacable revisor.




Los primeros trenes de la Serie 600 fueron fabricados en Suiza. El resto de unidades por parte de Maquinista Terrestre y Marítima (MTM), MACOSA, Industrias Aguirena y GESTESA (Consorcio llamado Grupo Español-Suizo de Trenes eléctricos S.A.).

                                                                            

Premiá, Ocata, Masnou, Montsolis… Cuando el tren atravesaba el túnel y paraba en la estación de Montgat, los pulmones se llenaban de aquel olor acre que desprendía la fábrica de ‘Explosivos Riotinto’. Olor que se quedaba atrapado en la garganta. Pero continuaba el viaje y llegábamos a Badalona con su Pont del Petroli, luego el barrio de La Mina, Pueblo Nuevo. El agudo rechinar de los cambios de aguja, con su brusco vaivén, me hacían salir de mi letargo, avisando que ya entrábamos en la estación de Cercanías de Barcelona. De lejos, a la derecha, en la Estación de Francia, adyacente, se veían los grandes trenes prestos a traspasar fronteras desconocidas por mí.

En la Plaza Palacio cogíamos el 16, que nos dejaba en la Plaza Urquinaona, delante del Cine Maryland. Andábamos por la Ronda de San Pedro, atravesando por el semáforo de la esquina con el Paseo de Gracia. 


A veces entrábamos en el Corte Inglés, donde gozaba de ciertos minutos de libertad que utilizaba para ir a la sección de papelería, con su olor a libreta nueva y goma de borrar; y unos bolígrafos carísimos. Con algo de vergüenza me acercaba a la sección de discos, trasteando entre decenas de tipos de música, bajo la severa mirada del dependiente.


Continuando por el lado del Corte Inglés que daba a la Plaza Catalunya, llegabamos a la Puerta del Angel, presidida por el enorme termómetro de Can Cottet, a la izquierda, Jorba Preciados más al fondo, y en el margen derecho, bajando, la sede del Banco de España en Barcelona. 


Tocando con la parte trasera del banco, y  haciendo esquina, había un bar donde mi padre me llevaba a almorzar. Religiosamente me comía una hamburguesa con cebolla. No he vuelto a probar hamburguesa con ese sabor tan característico. Cierro los ojos y puedo ver perfectamente la barra del bar, con sus taburetes, las cartas mugrientas, el microondas al fondo, y el olor… sobretodo el olor. El microondas, un invento del demonio que aún hoy me cuesta entender, y que en 1973 ya era habitual en los bares.



Y mi padre a mi lado, con su pelo níveo y su mirada serena. Eran momentos irrepetibles, notar su mirada de reojo mientras me comía la hamburguesa y bebía vete tu a saber qué refresco. No lo recuerdo.


Tampoco recuerdo qué íbamos a hacer los sábados por la mañana a Barcelona, salvo aquel bar, pero son de los momentos más vívidos de mi infancia. Y francamente no me importa no recordarlo. Tampoco me importa reconocer la nostalgia que me invade al recordarlo. No recuerdo de qué hablábamos, pero sí fragmentos de sus anécdotas, como la del niño que se atrapó los dedos en las escaleras mecánicas de Jorba Preciados, o el bombardeo durante la Guerra Civil en no sé qué frente, que le pilló recogiendo su equipo de telégrafo, y que se guareció en el cráter de una bomba, porque ahí representaba que no volvería a caer ninguna más. Y el olor a azufre. Me quedaba embobado escuchando sus relatos. 


Ya no está el bar, ni Jorba Preciados, que ahora es también de El Corte Inglés, ni el cine París, donde empezaba a estrecharse, ni la tienda de máquinas de escribir, ni la sede de la “Catalana de gas y electricidad”. Tampoco está el niño rubio que comía hamburguesas como si no hubiese mañana, ni el señor de pelo blanco que le protegía.


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