lunes, 16 de agosto de 2021

Sobre MELONES

Cuando pedís que el empleado o empleada del super os elija un buen melón (peil de sapo), ¿sois conscientes de que la mayoría no tienen ni la más mínima idea sobre melones? ¿Y que os dan el primero o el segundo que cogen? Algunos apretarán, olerán, palparán, inspeccionarán, pero en realidad no tienen ni idea.

Si estamos en plena temporada seguramente acertarán. Si no, mala suerte y os dirán que “esto no es ninguna ciencia exacta”.

La solución está en que en plena temporada TODOS son buenos. Las dos marcas conocidas que me proporcionaban
garantía de acertar esta temporada me han defraudado, y la marca blanca de melones de mi establecimiento habitual me están dando un resultado excelente.

Resumen: consumid melones en temporada de melones, y si están un poco blandos lo más probable es que estén pasados y listos para tirar a la fracción orgánica. Fuera de temporada: melones de marca, y a poner una vela a su patrón, San Meloncio.

¡Ah! Y los melones sueltan un juguito que traspasa la bolsa de basura, que os dejarán una mancha en el pie, si no vais con cuidado. Es la cadaverina del melón.

Y para finalizar: cualquier melón que no sea del tipo piel de sapo, como el de la foto, NO es un melón.

domingo, 13 de diciembre de 2020

Querida Señorita

 [11.12.20 14:12] Relato de voluntad anónima.

La Srta. Silvia era para nosotras rara, una extraña. La Srta. Silvia era una mujer vieja —quizá no tanto como yo ahora—, alta, hombruna, de voz potente. La Srta. Silvia era más que un hueso, estaba a medio tallar sobre diamante. La Srta. Silvia era una mujer imponente, formidable. 

La Srta. Silvia estaba soltera, pero no era una solterona ni parecía posible imaginarla resentida o defraudada. De alguna manera las alumnas presentíamos que para ella el amor era un asunto menor que no había merecido, a lo largo de toda su vida, el menor desvelo. 

La Srta. Silvia, de luto riguroso primero por su padre y después por su madre, solo se adornaba con una medalla de Santa Gema prendida en el vestido. El único detalle que dejaba entrever una minúscula preocupación por su aspecto era una bata de laboratorio con la que se cubría al entrar en clase para evitar que el polvo de la tiza y el encerado mancillara su negro inmaculado. 

La Srta. Silvia poseía un doctorado en ciencias exactas. Un doctorado de los de aquellos tiempos en los que doctorarse no era para una señorita asunto baladí. La Srta. Silvia impartía matemáticas a las alumnas del último curso de enseñanza obligatoria. 

La Srta. Silvia, como no podía ser de otro modo, tenía un sobrenombre, “la ogro”, apodo no fruto del desprecio sino un acto en defensa propia hacia alguien que nos infundía pavor. Las mayores se encargaban de advertirnos sobre ella tan pronto pisábamos el parvulario. No había cosa más aterradora que cruzarse a solas con la Srta. Silvia por uno de aquellos fríos corredores. La Srta. Silvia no regañaba, taladraba: “los cordones”, “esas uñas”, “péinese”. Y aquello bastaba para que llegaras sollozando al cuarto de baño. 

El último trimestre de mi último curso en aquel colegio, la Srta. Silvia me suspendió, con razón, el examen final de geometría. Yo sabía por anticipado que iba a ser así. Me acuerdo de haber ascendido a la tarima a recoger el desastre como quien sube al patíbulo y la fatalidad con la que me dispuse a bajar los dos altísimos escalones con mi miserable nota en la mano. Pero recuerdo sobre todo la voz helada y tajante de la Srta. Silvia exclamando: “Srta. Jiménez, regrese aquí”. 

Cuarenta pares de ojos salieron de sus órbitas. Cuarenta alientos infantiles quedaron en suspenso incapaces de expirar. Un par de manos, las mías, gélidas y sudorosas, temblaron haciendo golpear el examen contra las tablas de mi uniforme. Y así, acompañada por aquel sonido monocorde del papel, di marcha atrás en la certeza de que, si no moría, me iba a desmayar. 

La Srta. Silvia fijó en mí sus ojos sobrecogedores y exclamó tajante: “deje de moverse, no sea estúpida”. Ahí empezó todo, conmigo paralizada. 

La Srta. Silvia no me riñó, pero muchísimo menos me obsequió con una amable charla motivadora. La Srta. Silvia me sometió a los efectos de mi primer mitin político, mi primer sermón de la montaña, mi primera arenga militar. 

La Srta. Silvia habló con su voz tremenda durante un cuarto de hora, para mí y para el resto de la clase, sobre una única cosa: la importancia de fortalecer nuestra voluntad. De modo rotundo pero mesurado, sin aspavientos, sin excesos pasionales, con el efecto medido y tenaz de una apisonadora, la Srta. Silvia nos pulverizó. Todas fuimos víctimas, pero yo sola estaba expuesta sobre aquella tarima, temiendo el movimiento en falso que enojara a la una o la debilidad que diera lugar a la burla de las otras. De ese modo, algo empezó a enaltecerse o sublevarse dentro de mí. 

La Srta. Silvia hablaba y hablaba y yo atendía absorta a sus palabras a la vez que una ira, una soberbia, un ardor, una sublimación, una furia  -que no se dirigía hacía ella ni hacia mis compañeras ni hacia mí, emanaba desde lo más recóndito de algún lugar de mi interior que, hasta ese momento, yo desconocía. En lugar de empequeñecerme, me crecí, me sentí capaz de cualquier cosa, fuerte y poderosa a la vez que enojada. En lugar de ir deslizándome hacia un rincón de la tarima, levanté la barbilla y eché los hombros atrás hasta sentir tensión en la espalda. 

Bajé de la tarima enrojecida, y rígida, con toda la dignidad que a una preadolescente se le puede suponer. Me impulsaba un orgullo extraño, una seguridad enardecida, un grito que afirmaba que nada me volvería a detener, que no cejaría en alcanzar no sé qué metas (¿qué metas?), que me comería el mundo, que no desfallecería, que vencería al enemigo, yo, que no tenía enemigos ni en la imaginación. Alcancé el pupitre sin que ninguna amiga girase la cabeza. Al sentarme, dirigí a la Srta. Silvia una mirada retadora que en absoluto le afectó. Aquel suceso trajo dos consecuencias lógicas: asumí la importancia de ser constante y aprobé geometría, pero la lección más trascendente y la que más tiempo me llevó aprender fue conocer un aspecto de mí en el que nunca había reparado: 

Aprendí cuan impresionable soy, cuan influenciable. Que mi parte emotiva pesa mucho más que la racional. Aprendí sobre mi necesidad de ser muy cauta antes de exponerme a discursos, a prepararme de modo anticipado para poner en tela de juicio cualquier tesis, cualquier dogma procedente de líderes carismáticos porque yo soy así, fácil de enardecer, fácil de enfervorizar, proclive a dejarse arrastrar, carne de cañón para fanáticos de cualquier índole. Y lo sé porque, de no haber sido por la Srta. Silvia y aquellos extraños quince minutos en los que ni se habló de matemáticas ni me regañó, más tarde, cuando llegó mi momento, yo me habría matriculado con toda probabilidad en una facultad de humanidades. Y no fue así. 

Supe por hermanas de compañeras que la Srta. Silvia tenía memorizada aquella exhortación desde su primera promoción y que continuó reproduciéndola, año tras año, eligiendo al azar como chivo expiatorio a cualquier alumna suspensa. Me pareció natural y lógico porque, a la postre; yo era una niña como todas las demás.

sábado, 26 de septiembre de 2020

Mi amigo el adoptado (memorias). Con pretensiones humorísticas

 Tuve un amigo que era adoptado, y tenía que mantener en secreto su estatus, hasta que otro amigo que también lo sabía me lo dijo, y tuvimos que mantenerlo en secreto, hasta que nuestro común amigo nos lo confesó, pero que era un secreto, y así sucesivamente.

Sus padres, para poderlo adoptar, tuvieron que abrirle una cuenta con un millón de pesetas. Eso era mucha pasta. 

Además, era rico, cosa que no quería reconocer. Vivía en una casa enorme. Tenía una suite con despacho, dormitorio y baño, equipo cuadrafónico y chacha. Su padre tenía un Mercedes y un Renault Fuego. ¿Más claro? Cuando fuimos mayores me vino un día y me dijo: ‘tenías razón; sí, soy rico’. En realidad no era rico, era millonario. Pero no multimillonario ni muchimillonario,

Fue bastante hijodeperra conmigo: hizo migas con una pandilla de niños también ricos, a la que se incorporó. Cuando le pregunté si podía venir yo también me dijo con cara de obviedad: ‘claro que no’. Todo sea dicho, también era bastante tonto, a pesar de sus buenas notas.

Extraño hasta con su novia, la cual quería llevar virgen al matrimonio, y no se le ocurrió otra cosa que buscar vías alternativas, lo cual no tuvo reparo en declarar como lo más normal del mundo. Igual en alguna tribu amazónica... pero no se le conocían inquietudes antropológicas.

Cada año tenía que pasar por el mal trago de ir a su casa a ver lo que le habían traído los Reyes. Yo, sin ser ni mucho menos un niño pobre, veía que superaba en creces a los regalos que me traían, y que no tenían nada que ver con lo que yo había escrito en mi carta.

Un día fui a su casa a pasar la tarde y me abrió la puerta su madre: "pasa guapo, que está cagando", me dijo con donaire la elegante mujer. Se abrió la puerta del baño sito en el enorme rellano de la entrada, con el característico sonido de fondo de la cisterna llenándose.

Salió dejando la puerta del baño abierta, impregnándose el ambiente del consecuente hedor.

No puedo dejar de mencionar el episodio de la tarde que me invitó a ver una película porno un día que no estaban sus padres. Unas escenas increíbles. A media película se levantó para ir al baño, no sin antes advertirme que no me hiciera una paja. ¡Él! El muy cabrón sí que fue al baño a hacerse una paja.

Alguna vez me invitaba a la piscina del Club Náutico. Sin invitación. Es decir, que si me pillaban me echaban sin que él hiciera nada,

Y para acabar, aunque sin seguir una línea de tiempo, la anécdota del poster de una playmate que tenía celosamente guardado. Fue la primera vez que vi una mujer desnuda, época en la que se todavía llevaba el vello púbico triangular. Seguidamente, y sin razón aparente, le tocó las pelotas al perro de caza (un pointer) que tenía su padre recluido en el garaje de su casa.

Maldito bastardo!



martes, 1 de septiembre de 2020

La rebelión del tiempo

Estaba volviendo en sí, como si estuviera despertando de una profunda anestesia, pero en seguida se dio cuenta de que había dormido casi eternamente. Tenía la impresión de que llevaba días durmiendo. Habían llegado bien entrada la noche a la cabaña que la familia de Anouk tenía en no sé qué endemoniado Parque nacional, entre Estados Unidos y Canadá, a la orilla de no sé qué endemoniado e innombrable lago. Anouk estaba a su lado, cubierta con una sábana, dándole la espalda y ocupando con sus piernas parte de su espacio; parecía una bella estatua de mármol blanco recubierta de lunares.

La pequeña ventana en el techo indicaba que el cielo estaba limpio de nubles, y que el amanecer todavía no había culminado. Lo siguiente fueron unas impetuosas ganas de orinar, que le obligaron a deambular desnudo por aquel altillo hasta encontrar el baño. Orinó sentado para evitar hacer más ruido de la cuenta y despertarla, pero cuando volvió sigilosamente a la cama, no pudo evitar el ruido del suelo de madera gimiendo bajo sus pies.
De vuelta a la cama se quedó absorto mirando la pequeña ventana del techo y le asaltaron los recuerdos de su llegada, saliendo del “finger” y buscando la zona de llegadas. Solo llevaba su equipaje de mano. Ella estaba detrás de la puerta automática entre todas las personas que buscaban el rostro conocido. Tras este pensamiento volvió a recuperar el estado de relajación y su respiración volvió a hacerse más larga y tranquila.

Notó como la respiración de Anouk se alteró levemente y se removió entre las sábanas, musitando algo ininteligible, pero volvió a sumirse en un sueño profundo. Él se puso de lado para observarla en silencio. Su media melena pelirroja, enmarañada, su espalda con los infinitos lunares. Estaba lo suficientemente cerca como para percibir su olor a sueño, llenándose de una mezcla de ternura y deseo. Reprimió sus ganas de besarla, pero ella lo percibió y giró levemente la cabeza con unos ojos entornados y unos labios resecos, musitando una pregunta ininteligible.
Se acercó y juntó su cuerpo con el suyo, lo cual acogió gustosamente con un largo suspiro. Se apretó a ella todavía más, pasando el brazo por su pecho, mientras ella acercaba sus nalgas. Se quedaron así mientras él se dedicó a besarle el cuello y oliendo profundamente cada milímetro de su piel. Se dibujó una leve sonrisa en los labios de la mujer al notar que su movimiento de caderas había provocado su agitación, pero dejó que continuara explorando el cuello con su boca, que le mordiera con suavidad el lóbulo de su pequeña oreja, y besando cada rincón, de lo que parecía no tener fin.

Acarició su vientre, serpenteando con su mano hacia arriba, notando por primera vez aquella piel tan deseada. La respiración de Anouk había cambiado de tempo y sus leves gemidos eran ya como un dulce ronroneo. El tacto de aquellos pechos que había sido una fantasía constante. Unos pezones que había reaccionado rápidamente a las caricias.
Iniciaron un cortejo de besos orquestado por el bagaje de caricias que les había conducido a una orgía sin rumbo previsto. No quedaba ni un rincón por explorar ni con las manos, ni con los labios, ni con las lenguas. Hasta que ella le cabalgó en un movimiento ágil, grácil e imprevisto, percibiendo el ardor de su miembro al penetrar en aquella dulce caverna carmesí. Inició su cabalgar de forma lenta y circular, sin apenas dejar que la verga saliera de su interior. La frenética actividad iba en aumento de manera irremediable, con los corazones desbocados y sin impedir que sus gemidos fueran en aumento, pronunciando sus nombres, y palabras muy bellas. Palabras que por sí solas no tenían ningún sentido, y adquirían significado durante aquella sinfonía de amor y deseo.
Su mano continuó su errático e improvisado camino hasta volver a su vientre, notar su ombligo y llegar hasta su cuidado pubis. Ella sabía que le gusta el pubis poblado “sin que parezca una selva”. Y sus dedos se entretuvieron en acariciarlo delicadamente hasta buscar el inicio de aquella hendidura que conducía hasta su sexo, que encontró húmedo y receptivo a sus dedos curiosos y exploradores.
Sus gemidos eran leves, pero más frecuentes y agitados. Mencionaba su nombre como una súplica para sentirse más deseada. Ella se giró viendo de nuevo su cara desde que fueron a dormir agotados. El rubor había invadido sus mejillas, y sus ojos, ahora más abiertos, dejaban ver un color metamérico que se fundía del verde al azul, y de azul al gris a cada parpadeo.
Ambos notaron cómo la culminación de aquella pieza de música llegaba a su apoteosis tras la que se quedaron abrazados sin separar sus sexos. Sus cuerpos estaban húmedos y olían a placer. Ese olor mezcla metálico, ácido y dulzón. Sus bocas continuaban también unidas por sus lenguas, en un duelo de saliva.
Exhaustos volvieron a quedarse dormidos, y cuando Jean volvió a despertar ella ya no estaba. Ella se le había quedado mirando durante una eternidad de amor, como si el amor fuera una unidad de tiempo, viendo la apacible expresión de su rostro tras aquellos momentos en que el tiempo dejó de medirse en horas, y pasó a medirse en anhelo.
En el piso de abajo se oía el trajinar de loza y cristal, y subía aquel olor tan familiar y reconfortante del café recién hecho. Le esperaba un desayuno de todo menos frugal, como a él le gustaba. Comieron y bebieron en silencio, el uno frente al otro, no desperdiciando la ocasión de acariciarse con las miradas.
Cuando ambos acabaron, se cogieron de la mano y se volvieron a mirar. Él notó un mohín en su boca que le volvió a la realidad. Miró el reloj del horno y vio que marcaba las 08:23, y obviamente no era a.m. El tiempo se habían revelado ante su dicha, y se había confabulado para acortar su estancia juntos. Su primera estancia, la primera vez que se veían cara a cara.

Fue entonces el momento duro, real e implacable en que Anouk dijo lo que ambos estaban pensando: “¿Y ahora, qué?”

Relato publicado originalmente en el Blog de la Sociedad de poetas y escritores: https://socpoetyesc.wixsite.com/sociopoetas/post/la-rebeli%C3%B3n-del-tiempo

jueves, 20 de agosto de 2020

Camino del colegio (memórias)

 

En el breve trayecto hasta el colegio me encontraba con una tienda de golosinas muy pequeña en la misma esquina de mi calle, la panadería, donde vendían trozos de barra de pan que cortaban con una curiosa guillotina, el barbero, que tenía dos caballos para cortar el pelo a los niños y donde nunca me llegué a subir, una tienda de electrodomésticos, la consulta de un dentista sin pelo y nada simpático, una casa antigua con la reja oxidada, la farmacia del Dr. Pallarés. 
Antes de llegar a la plaza Sanllehy atravesaba por el semáforo, y solo atravesar había una ferretería donde mi madre a veces me compraba llaves sin dientes. Luego atravesaba la calle de Sardenya, también por el semáfor, siempre por el semáforo. Al otro lado había un edificio que con los años supe que era de la consulta de la seguridad social. 

El cine Sanllehy (antes cine Iberia), donde solo ponían películas para mayores de 18 años. Siempre que pasaba miraba la cartelera y los carteles con diferentes escenas de la película, los tráiler de la época, y
donde no veía razón alguna por la que yo no pudiera verla. En aquellos tiempos me habían inculcado que el motivo de la barrera de edad era por las escenas de sexo, que eran las “malas”, pero sin tener en cuenta las de violencia. Continuando y poco ante de llegar a la academia Pinadell, había un centro médico privado, muy pequeño, donde un señor mudo permanecía siempre sentado delante, o paseando, y que un día me vino a buscar, porque a mi madre, de camino le había dado un ataque de piedra en el riñón, y la atendieron ahí. Luego la papelería, donde me gustaba entrar, mirar y oler. Adoraba las gomas de borrar Milán, cuanto más grandes mejor. Una vez mi madre me compró una enorme, por capricho mío, y una vez en casa la corte en infinitos trozos, lo cual me represento otra regañina. 

Al otro lado de la calle estaba, la Clínica Quirón, donde yo nací, y a continuación, después de atravesar la calle de Pau Alsina, la academia Pinadell. 

A veces prefería ir por la calle Vallseca, menos transitada, pero con unos olores y gentes peculiares, no siempre agradables. Era una pequeña aventura. Luego bajaba por la calle Praga y ya me incorporaba al bullicio de la Avda. Virgen de Montserrat. La aventura duró lo que tardaron en explicar a mi madre mis devaneos urbanos, y su correspondiente regañina. Era un barrio seguro, pero nunca se sabe. Hace unos años ya que no he vuelto a revivir la aventura, la visión de las entradas a aquellas casas que se me antojaban lúgubres.

miércoles, 3 de junio de 2020

Estás jodido!

Los alrededores de mi pueblo están tejidos por un entramado de caminos de arena que sirven para comunicar las casas de campo, y para canalizar las aguas pluviales cuando es el caso. Antes de ayer volviendo de paseo por uno de esos caminos, que nosotros llamamos “rials”, vi de reojo que algo caía desde una de las encinas que pueblan sus márgenes. Me acerqué y ví en el suelo, moviendo las alas con desespero, un polluelo ya grande, de bonito plumaje azul.


El animal intentaba, en vano, subir al montículo del margen, y no viendo otra cosa que hacer para ayudarle, me acerqué y lo subí con cuidado hasta el montículo. Más cerca de su nido ya, pero lejos en cualquier caso lejos de poder alcanzarlo. Me quedé un rato pensando en cómo ayudar al apurado animal y mejorar su situación, pero no me quedó otra que dejar al pobre pájaro a su albedrío y nos fuimos.


Y yo pensé hacia mis adentros: “Estás jodido”.



sábado, 30 de mayo de 2020

Lo salvaje

Cerca de casa hay un terreno donde mi perra y yo vamos a hacer nuestras necesidades: ella fisiológicas y yo espirituales. El terreno es un auténtico desastre: la naturaleza convive con una caja de plástico rota, de las de payés de poner las frutas, un trozo enorme de tubo coarrugado, cientos de excrementos, desechos de jardinería, etc. Siguiendo el estrecho camino creado por el paso de las personas, se llega a un pequeño y precario bosque de encinas. El suelo está lleno de hojas y restos de film de plástico negro que el payés utiliza para sus labranzas, más excrementos de perro, en diversas fases; algunos más frescos y recientes que otros. Alguno con moho blanco recubriéndolo.