jueves, 20 de agosto de 2020

Camino del colegio (memórias)

 

En el breve trayecto hasta el colegio me encontraba con una tienda de golosinas muy pequeña en la misma esquina de mi calle, la panadería, donde vendían trozos de barra de pan que cortaban con una curiosa guillotina, el barbero, que tenía dos caballos para cortar el pelo a los niños y donde nunca me llegué a subir, una tienda de electrodomésticos, la consulta de un dentista sin pelo y nada simpático, una casa antigua con la reja oxidada, la farmacia del Dr. Pallarés. 
Antes de llegar a la plaza Sanllehy atravesaba por el semáforo, y solo atravesar había una ferretería donde mi madre a veces me compraba llaves sin dientes. Luego atravesaba la calle de Sardenya, también por el semáfor, siempre por el semáforo. Al otro lado había un edificio que con los años supe que era de la consulta de la seguridad social. 

El cine Sanllehy (antes cine Iberia), donde solo ponían películas para mayores de 18 años. Siempre que pasaba miraba la cartelera y los carteles con diferentes escenas de la película, los tráiler de la época, y
donde no veía razón alguna por la que yo no pudiera verla. En aquellos tiempos me habían inculcado que el motivo de la barrera de edad era por las escenas de sexo, que eran las “malas”, pero sin tener en cuenta las de violencia. Continuando y poco ante de llegar a la academia Pinadell, había un centro médico privado, muy pequeño, donde un señor mudo permanecía siempre sentado delante, o paseando, y que un día me vino a buscar, porque a mi madre, de camino le había dado un ataque de piedra en el riñón, y la atendieron ahí. Luego la papelería, donde me gustaba entrar, mirar y oler. Adoraba las gomas de borrar Milán, cuanto más grandes mejor. Una vez mi madre me compró una enorme, por capricho mío, y una vez en casa la corte en infinitos trozos, lo cual me represento otra regañina. 

Al otro lado de la calle estaba, la Clínica Quirón, donde yo nací, y a continuación, después de atravesar la calle de Pau Alsina, la academia Pinadell. 

A veces prefería ir por la calle Vallseca, menos transitada, pero con unos olores y gentes peculiares, no siempre agradables. Era una pequeña aventura. Luego bajaba por la calle Praga y ya me incorporaba al bullicio de la Avda. Virgen de Montserrat. La aventura duró lo que tardaron en explicar a mi madre mis devaneos urbanos, y su correspondiente regañina. Era un barrio seguro, pero nunca se sabe. Hace unos años ya que no he vuelto a revivir la aventura, la visión de las entradas a aquellas casas que se me antojaban lúgubres.

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