sábado, 26 de septiembre de 2020

Mi amigo el adoptado (memorias). Con pretensiones humorísticas

 Tuve un amigo que era adoptado, y tenía que mantener en secreto su estatus, hasta que otro amigo que también lo sabía me lo dijo, y tuvimos que mantenerlo en secreto, hasta que nuestro común amigo nos lo confesó, pero que era un secreto, y así sucesivamente.

Sus padres, para poderlo adoptar, tuvieron que abrirle una cuenta con un millón de pesetas. Eso era mucha pasta. 

Además, era rico, cosa que no quería reconocer. Vivía en una casa enorme. Tenía una suite con despacho, dormitorio y baño, equipo cuadrafónico y chacha. Su padre tenía un Mercedes y un Renault Fuego. ¿Más claro? Cuando fuimos mayores me vino un día y me dijo: ‘tenías razón; sí, soy rico’. En realidad no era rico, era millonario. Pero no multimillonario ni muchimillonario,

Fue bastante hijodeperra conmigo: hizo migas con una pandilla de niños también ricos, a la que se incorporó. Cuando le pregunté si podía venir yo también me dijo con cara de obviedad: ‘claro que no’. Todo sea dicho, también era bastante tonto, a pesar de sus buenas notas.

Extraño hasta con su novia, la cual quería llevar virgen al matrimonio, y no se le ocurrió otra cosa que buscar vías alternativas, lo cual no tuvo reparo en declarar como lo más normal del mundo. Igual en alguna tribu amazónica... pero no se le conocían inquietudes antropológicas.

Cada año tenía que pasar por el mal trago de ir a su casa a ver lo que le habían traído los Reyes. Yo, sin ser ni mucho menos un niño pobre, veía que superaba en creces a los regalos que me traían, y que no tenían nada que ver con lo que yo había escrito en mi carta.

Un día fui a su casa a pasar la tarde y me abrió la puerta su madre: "pasa guapo, que está cagando", me dijo con donaire la elegante mujer. Se abrió la puerta del baño sito en el enorme rellano de la entrada, con el característico sonido de fondo de la cisterna llenándose.

Salió dejando la puerta del baño abierta, impregnándose el ambiente del consecuente hedor.

No puedo dejar de mencionar el episodio de la tarde que me invitó a ver una película porno un día que no estaban sus padres. Unas escenas increíbles. A media película se levantó para ir al baño, no sin antes advertirme que no me hiciera una paja. ¡Él! El muy cabrón sí que fue al baño a hacerse una paja.

Alguna vez me invitaba a la piscina del Club Náutico. Sin invitación. Es decir, que si me pillaban me echaban sin que él hiciera nada,

Y para acabar, aunque sin seguir una línea de tiempo, la anécdota del poster de una playmate que tenía celosamente guardado. Fue la primera vez que vi una mujer desnuda, época en la que se todavía llevaba el vello púbico triangular. Seguidamente, y sin razón aparente, le tocó las pelotas al perro de caza (un pointer) que tenía su padre recluido en el garaje de su casa.

Maldito bastardo!



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