domingo, 13 de diciembre de 2020

Querida Señorita

 [11.12.20 14:12] Relato de voluntad anónima.

La Srta. Silvia era para nosotras rara, una extraña. La Srta. Silvia era una mujer vieja —quizá no tanto como yo ahora—, alta, hombruna, de voz potente. La Srta. Silvia era más que un hueso, estaba a medio tallar sobre diamante. La Srta. Silvia era una mujer imponente, formidable. 

La Srta. Silvia estaba soltera, pero no era una solterona ni parecía posible imaginarla resentida o defraudada. De alguna manera las alumnas presentíamos que para ella el amor era un asunto menor que no había merecido, a lo largo de toda su vida, el menor desvelo. 

La Srta. Silvia, de luto riguroso primero por su padre y después por su madre, solo se adornaba con una medalla de Santa Gema prendida en el vestido. El único detalle que dejaba entrever una minúscula preocupación por su aspecto era una bata de laboratorio con la que se cubría al entrar en clase para evitar que el polvo de la tiza y el encerado mancillara su negro inmaculado. 

La Srta. Silvia poseía un doctorado en ciencias exactas. Un doctorado de los de aquellos tiempos en los que doctorarse no era para una señorita asunto baladí. La Srta. Silvia impartía matemáticas a las alumnas del último curso de enseñanza obligatoria. 

La Srta. Silvia, como no podía ser de otro modo, tenía un sobrenombre, “la ogro”, apodo no fruto del desprecio sino un acto en defensa propia hacia alguien que nos infundía pavor. Las mayores se encargaban de advertirnos sobre ella tan pronto pisábamos el parvulario. No había cosa más aterradora que cruzarse a solas con la Srta. Silvia por uno de aquellos fríos corredores. La Srta. Silvia no regañaba, taladraba: “los cordones”, “esas uñas”, “péinese”. Y aquello bastaba para que llegaras sollozando al cuarto de baño. 

El último trimestre de mi último curso en aquel colegio, la Srta. Silvia me suspendió, con razón, el examen final de geometría. Yo sabía por anticipado que iba a ser así. Me acuerdo de haber ascendido a la tarima a recoger el desastre como quien sube al patíbulo y la fatalidad con la que me dispuse a bajar los dos altísimos escalones con mi miserable nota en la mano. Pero recuerdo sobre todo la voz helada y tajante de la Srta. Silvia exclamando: “Srta. Jiménez, regrese aquí”. 

Cuarenta pares de ojos salieron de sus órbitas. Cuarenta alientos infantiles quedaron en suspenso incapaces de expirar. Un par de manos, las mías, gélidas y sudorosas, temblaron haciendo golpear el examen contra las tablas de mi uniforme. Y así, acompañada por aquel sonido monocorde del papel, di marcha atrás en la certeza de que, si no moría, me iba a desmayar. 

La Srta. Silvia fijó en mí sus ojos sobrecogedores y exclamó tajante: “deje de moverse, no sea estúpida”. Ahí empezó todo, conmigo paralizada. 

La Srta. Silvia no me riñó, pero muchísimo menos me obsequió con una amable charla motivadora. La Srta. Silvia me sometió a los efectos de mi primer mitin político, mi primer sermón de la montaña, mi primera arenga militar. 

La Srta. Silvia habló con su voz tremenda durante un cuarto de hora, para mí y para el resto de la clase, sobre una única cosa: la importancia de fortalecer nuestra voluntad. De modo rotundo pero mesurado, sin aspavientos, sin excesos pasionales, con el efecto medido y tenaz de una apisonadora, la Srta. Silvia nos pulverizó. Todas fuimos víctimas, pero yo sola estaba expuesta sobre aquella tarima, temiendo el movimiento en falso que enojara a la una o la debilidad que diera lugar a la burla de las otras. De ese modo, algo empezó a enaltecerse o sublevarse dentro de mí. 

La Srta. Silvia hablaba y hablaba y yo atendía absorta a sus palabras a la vez que una ira, una soberbia, un ardor, una sublimación, una furia  -que no se dirigía hacía ella ni hacia mis compañeras ni hacia mí, emanaba desde lo más recóndito de algún lugar de mi interior que, hasta ese momento, yo desconocía. En lugar de empequeñecerme, me crecí, me sentí capaz de cualquier cosa, fuerte y poderosa a la vez que enojada. En lugar de ir deslizándome hacia un rincón de la tarima, levanté la barbilla y eché los hombros atrás hasta sentir tensión en la espalda. 

Bajé de la tarima enrojecida, y rígida, con toda la dignidad que a una preadolescente se le puede suponer. Me impulsaba un orgullo extraño, una seguridad enardecida, un grito que afirmaba que nada me volvería a detener, que no cejaría en alcanzar no sé qué metas (¿qué metas?), que me comería el mundo, que no desfallecería, que vencería al enemigo, yo, que no tenía enemigos ni en la imaginación. Alcancé el pupitre sin que ninguna amiga girase la cabeza. Al sentarme, dirigí a la Srta. Silvia una mirada retadora que en absoluto le afectó. Aquel suceso trajo dos consecuencias lógicas: asumí la importancia de ser constante y aprobé geometría, pero la lección más trascendente y la que más tiempo me llevó aprender fue conocer un aspecto de mí en el que nunca había reparado: 

Aprendí cuan impresionable soy, cuan influenciable. Que mi parte emotiva pesa mucho más que la racional. Aprendí sobre mi necesidad de ser muy cauta antes de exponerme a discursos, a prepararme de modo anticipado para poner en tela de juicio cualquier tesis, cualquier dogma procedente de líderes carismáticos porque yo soy así, fácil de enardecer, fácil de enfervorizar, proclive a dejarse arrastrar, carne de cañón para fanáticos de cualquier índole. Y lo sé porque, de no haber sido por la Srta. Silvia y aquellos extraños quince minutos en los que ni se habló de matemáticas ni me regañó, más tarde, cuando llegó mi momento, yo me habría matriculado con toda probabilidad en una facultad de humanidades. Y no fue así. 

Supe por hermanas de compañeras que la Srta. Silvia tenía memorizada aquella exhortación desde su primera promoción y que continuó reproduciéndola, año tras año, eligiendo al azar como chivo expiatorio a cualquier alumna suspensa. Me pareció natural y lógico porque, a la postre; yo era una niña como todas las demás.

1 comentario: